Cuando su padre Bob murió, Harry no consiguió superarlo, hasta tal punto de llegar a inscribirlo en un hospital psiquiátrico. Harry recibía sesiones de rehabilitación junto a otros niños que, desgraciadamente, sufrían el mismo problema que el pequeño Harry. La muerte de su padre consiguió cambiar al pequeño, no asistía a la escuela, su comportamiento empeoró y confesaba a su madre y su hermana que oía voces y en las noches de calma, veía a Bob saludarle desde su ventana mientras él volvía a quedarse dormido. A eso que Anne y Leo sentían un terror hacia Harry, incluso contrataron a un médium para examinar el antiguo hogar en Roanoke, Virginia.
Tras meses de duro sometimiento a las sesiones del psiquiatra y de supervivencia en casa de sus abuelos, Harry regresa a casa con su madre y su hermana en la nueva ciudad. Leo se ve obligada a abandonar su nueva habitación, y reemplazarla por el frío ático del piso.
Nuevos amigos, nueva escuela, nuevos lugares... Y sobre todo, nuevas presencias.
Harry, a pesar de su recuperación, no ha perdido sus dotes de contactar con seres del más allá, y eso es a lo que Leo deberá enfrentarse hasta que vea como todos sus seres más queridos pierden la vida.
Los espíritus nunca descansan.